
Visualización de información: de la abstracción al entendimiento
Reseña de la charla impartida por el Mtro. Isaías Loaiza en el ciclo de conferencias de la Comisión Regional Golfo Caribe de Encuadre
Marco general
En el marco de las charlas organizadas por la Comisión Regional Golfo Caribe de Encuadre, y con la Universidad Anáhuac Tampico como institución anfitriona, el maestro Isaías Loaiza —doctorante en el programa de Visualización de la Información de la UAM Azcapotzalco— ofreció una conferencia dirigida principalmente a estudiantes de las distintas licenciaturas en diseño que integran la asociación. La sesión, conducida por la comisión regional y con la coordinación académica del Mtro. Juan Manuel Velázquez Altamirano, abordó la visualización de información no como una técnica accesoria del diseño gráfico, sino como una disciplina con genealogía propia y con implicaciones profundas para el ejercicio profesional.
La tesis articuladora de la charla puede sintetizarse en una idea: el objeto de estudio del diseño de información no es la ilustración ni el producto terminado, sino la relación entre las estructuras informativas y su representación para hacerlas comprensibles y útiles a una persona. A partir de esa premisa, el ponente desarrolló un recorrido que transita de lo conceptual a lo histórico y, finalmente, a la práctica contemporánea.
El argumento conceptual
Loaiza situó el origen del diseño de información en la Inglaterra de la década de 1950, a partir del trabajo de Otto Neurath y Marie Reidemeister con el sistema Isotype, quienes comprendieron que la responsabilidad del diseñador no se agota en lo estético, sino que incluye traducir datos abstractos para devolverlos como entendimiento. Esa postura la enmarcó dentro de un contexto más amplio de tensión sobre el papel social de la disciplina, ilustrado con el manifiesto First Things First (circa 1964), del que el ponente compartió una traducción propia de algunos fragmentos. El documento, suscrito por figuras como Ken Garland, proponía reorientar las prioridades del diseño hacia formas de comunicación más sustanciales que la publicidad de consumo.
El núcleo teórico de la exposición se apoyó en una definición que el ponente atribuyó a la dirección del International Institute for Information Design: el diseño como intermediario entre la comunicación y el entendimiento. De ahí derivó una distinción central para el público estudiantil: el diseñador no comercializa empaques, revistas o sitios web, sino actividad intelectual; el producto es la consecuencia lógica de un proceso cuyo verdadero núcleo operativo es la cognición de las personas.
Esta idea quedó formalizada en una relación tripartita que recorrió toda la charla: los datos, abstractos y mudos por sí mismos, se traducen en información relevante, y esa información genera conocimiento en la mente del receptor. El ponente subrayó que el conocimiento no ocurre en el diseño, sino en quien lo consume, lo que desplaza el centro de gravedad de la disciplina desde el artefacto hacia el proceso cognitivo del usuario.
El recorrido histórico: los aspectos puntuales
La parte más sólida de la conferencia fue la selección de casos previos a 1950, presentados para demostrar que la necesidad de comunicar y entender procesos complejos es paralela a la historia de la humanidad y antecede a la estadística moderna y a las computadoras.
Leonardo da Vinci fue presentado no como pintor, sino como un «dador de sentido», en consonancia con la etimología latina de designare. Loaiza analizó sus estudios de luces y sombras como las primeras escalas de valores tonales —en las que Leonardo no solo dibujaba la sombra, sino que mapeaba la disminución matemática de la energía lumínica respecto a la fuente—, su uso de la transparencia para jerarquizar capas anatómicas del cuerpo humano, y sus estudios del vuelo de las aves como una forma de cronofotografía anticipada en cuatrocientos años a la invención de la cámara. El ejemplo más persuasivo fue el de sus máquinas de guerra: al trazar la trayectoria de las flechas, Leonardo no describía el mecanismo, sino que construía un modelo predictivo de su efecto en el campo de batalla, lo que el ponente identificó como diseño de información en sentido pleno.
El diagrama de Charles Joseph Minard sobre la campaña de Napoleón hacia Moscú (elaborado entre 1861 y 1869) ocupó un lugar destacado. Loaiza explicó con detalle los seis ejes de información que la pieza condensa en un solo plano bidimensional: ubicación geográfica, dirección del ejército, tamaño de las tropas representado por el grosor de la línea, distancia recorrida, tiempo y temperatura. El argumento de fondo fue que esta visualización narra una derrota con mayor eficacia que cientos de páginas de prosa, razón por la cual Edward Tufte la ha considerado posiblemente el mejor gráfico estadístico jamás trazado.
El mapa del cólera de John Snow (1854) sirvió para sostener una idea complementaria: el diseño de información no requiere ser realizado por diseñadores. Al cartografiar cada defunción en torno a Broad Street y detectar su concentración alrededor de una bomba de agua, el médico inglés desmontó la teoría del miasma y dio origen a la epidemiología moderna. El ponente enfatizó que la conclusión solo fue posible mediante la visualización: sin el mapa, el patrón habría permanecido invisible.
El Códice Dresde de la civilización maya amplió el horizonte cultural del argumento. Loaiza lo describió como una interfaz analógica —no decorativa— construida con un sistema posicional vigesimal de puntos y barras, capaz de codificar siglos de observación astronómica para predecir eclipses y ciclos planetarios con una precisión que aún hoy resulta notable. La presencia de columnas y filas, sostuvo, constituye en sí misma un mensaje de diseño, pues evidencia que el cerebro humano busca el orden mediante la repetición y el contraste, con independencia de la cultura.
Finalmente, las placas de la sonda Pioneer 10, concebidas por Carl Sagan y Frank Drake, cerraron el recorrido como el intento más radical de comunicar conceptos abstractos a un destinatario desconocido. El ponente desglosó sus componentes: el átomo de hidrógeno como unidad de medida universal, el diagrama de catorce púlsares como sistema de localización galáctica, las siluetas humanas a escala y el esquema del sistema solar como indicación de procedencia. El caso permitió ilustrar el grado máximo de abstracción al que puede aspirar el diseño de información, así como sus límites, ejemplificados en la dificultad de codificar un gesto de buena voluntad.
De la teoría a la práctica contemporánea
En la última sección, Loaiza trasladó el marco histórico al ejercicio actual. Recomendó el libro Visualizing Complexity y su método de Diseño Modular de la Información, organizado en cuatro dimensiones: las bases de datos, los diagramas, los elementos visuales —color, grosor, transparencia, textura— y las estructuras de presentación. Ilustró la codificación visual con el trabajo de Nicholas Felton y con una visualización propia, un registro de los 106 libros leídos en 2019 que articula hasta ocho ejes de información, para argumentar que la complejidad de ciertos conjuntos de datos exige visualizaciones multidimensionales que una gráfica de barras no podría contener.
El ponente reseñó además herramientas de uso profesional —la tipografía Chartwell, Google Charts, Tableau, Processing y, de manera destacada, RAWGraphs— y presentó proyectos de su estudio, Enigma. Entre ellos sobresalieron una serie de gacetas sobre anticorrupción impresas en papel albanene, cuya legibilidad se revela progresivamente al desdoblar el material, y un gráfico aluvial multidimensional que sintetizó un expediente legal sobre casos de corrupción internacional —Odebrecht, Petrobras, Siemens, entre otros— en una pieza que cruza sector, sanción, origen del recurso y país sancionador. Con ello cerró el círculo del argumento: páginas de prosa jurídica traducidas a una representación analizable en pocos centímetros cuadrados.
La sesión de preguntas
El intercambio final aportó precisiones de valor práctico. Ante la pregunta sobre cómo profundizar en el diseño de información desde el diseño gráfico, Loaiza propuso abandonar las «barreras de apellidos» disciplinarios y adoptar una mentalidad orientada a ayudar a otro a entender mejor; recordó que Da Vinci, Minard o Harry Beck —autor del mapa del metro de Londres, electricista de formación— hicieron diseño de información sin ostentar ese título, y sugirió la obra de Edward Tufte como referencia. Respecto a la investigación sobre el lector, defendió que comprender a la audiencia es indispensable, con el ejemplo de las fichas de seguridad aérea, diseñadas para un perfil específico y no para todos por igual. Sobre la formación universitaria, planteó que cada programa educativo constituye una promesa profesional distinta, y que la pertinencia de las materias debe evaluarse en función de la trayectoria que el estudiante desea seguir.
La conferencia logró su objetivo declarado: exponer al público estudiantil a la diversidad y la profundidad del diseño de información sin pretender agotar el campo. Su mayor mérito reside en la coherencia del hilo conductor —datos, información y conocimiento— sostenido a lo largo de ejemplos de épocas, culturas y propósitos muy distintos, y en el desplazamiento del foco del diseño desde el producto hacia la cognición. Para una audiencia formada principalmente por estudiantes de diseño, la charla ofrece tanto un marco conceptual sólido como una bibliografía y un conjunto de herramientas accionables, además de un argumento de fondo que trasciende la especialidad: el diseño como puente entre la comunicación y el entendimiento.

